domingo, noviembre 30, 2014

EL GRAN COCODRILO POETA Y PERIODISTA; EFRAÍN HUERTA Por: Lorena Vera Verján



Efraín Huerta es uno de los escritores mexicanos más importantes del siglo XX  y de nuestro tiempo. Conmemorar sus 100 años representa una odisea en el sentido de la búsqueda inverosímil e intertextual del símbolo que encierra su palabra. Cada texto, cada verso, cada prosa tiene la virtud de extenderse a un realismo socialista que abre las pupilas, la mente, el pensamiento y hace palpitar o reír con una fuerza contundente hasta el propio corazón. Efraín originario de Silao, Guanajuato. Periodista, poeta y crítico cinematográfico que  perteneció a la generación de Taller (1938-1941) junto con sus coetáneos Octavio Paz, José Revueltas, Rafael Solana, Neftalí Beltrán y Alberto Quintero Álvarez; mismos que acuñaron dentro del movimiento neo-vanguadista un estilo llamado cocodrilismo, que convenientemente creó un escuela que Efraín Huerta define en su columna Titulada –cocodrilismo- ¿llamado a la siete? Publicada en enero de 1949 como una respuesta festiva al existencialismo que manifestaba un vacío del espíritu, mientras que el cocodrilismo planteaba todo lo contrario; una fe inquebrantable, el humor, el goce, el sentimiento sensual y el placer sexual ante el dolor social. Un contrarrestar esa realidad trágica y deprimente con la crítica humorística y amorosa.
El cocodrilo fue periodista desde 1936 y de ideología comunista. Fue colaborador asiduo de El Nacional con su “Columna del  Periquillo” en Excélsior en 1940 con el seudónimo de “El Balcón del Periquillo” así también publicó crítica cinematográfica dentro del contexto de los años 50, en su columna titulada; “Cine y anticine.” De 1975-1982 trabajó como columnista en el suplemento cultural EL GALLO ILUSTRADO de  El Día.

El Escritor y periodista del Suplemento “El Día” Enrique Ramírez Ramírez, comenta: “Efraín Huerta es uno de los grandes poetas de nuestro tiempo… un periodista de primera calidad en las ramas de la crónica, el comentario y el llamado artículo de fondo. A la prosa periodística llegó desde los años de su juventud física –que la otra la de su espíritu, no se extingue- un talento señero para ver cosas y hechos de los más diversos en sus dimensiones plenas, con mirada llena de curiosidad y una maestría temprana para transmitir,  en estilo muy propio, desgarrado y jovial, el juicio crítico, la anécdota, la denuncia y la nota lírica, que nunca faltan en sus escritos. Todo esto, poesía, ideas, experiencias, estilo, son fruto o forma, expresión o florecimiento. Lo raigal y esencial de Efraín Huerta es su naturaleza de hombre con absoluto amor a las convicciones, sueños e ideales de justicia que han dado oriente a su vida.” 
Efraín Huerta ejerció el periodismo profesional y colaboró en periódicos y revistas como: Así, Comunidad, Diario de México, Diario del Sureste, El Corno Emplumado, El Día, El Fígaro, El Heraldo de México, El Mundo Cinematográfico, El Nacional, El Popular, Esto, La Capital, Metáfora, Nivel, Novedades, Pájaro Cascabel, Revista de Bellas Artes y Revista Universidad de México.

Una de las características esenciales de la obra poética del cocodrilo es la sinuosidad, lo irónico, lo erótico, el dramatismo, la pasión, el amor y la solidaridad por su país. Los temas catalizadores sobre la injusticia, la miseria humana, el amor y el desamor por México. Su obra periodística literaria y poética de 1963 muestra el México decadente, una década de injusticias hacia grupos sociales marginados (ferrocarrileros, maestros, petroleros) Huerta maneja una poética de la negación; la nada. En 1968 Efraín Huerta guardó silencio. Porque el dolor lo dice todo; el silencio es símbolo de vergüenza. Aun así Gustavo Díaz Ordaz no se salvó de su crítica, el cocodrilo no escribió sobre la masacre, sobre el asesinato del 2 de octubre.

El poema AVENIDA JUÁREZ escrito en 1956 muestra un sentimiento decaído, triste, y es una crítica a la barbarie social, a la miseria intelectual, impuesta por el poder, por la decadencia y la deshumanización, la patria perdida, lo infrahumano y lo perverso, la nada… misma que valga la comparación de este momento histórico que vivimos,  como lo es la desaparición y el asesinato de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa. Si Efraín Huerta viviese, entonces guardaría un silencio profundo y doloroso, para después leernos en voz pausada y avergonzada su poema Avenida Juárez.

Uno pierde los días, la fuerza y el amor a la patria,
el cálido amor a la mujer cálidamente amada,
la voluntad de vivir, el sueño y el derecho a la ternura;
uno va por ahí, antorcha, paz, luminoso deseo,
deseos ocultos, lleno de locura y descubrimientos,
y uno no sabe nada, porque está dicho que uno no debe saber nada,
como si las palabras fuesen los pasos muertos del hambre
o el golpear en el oído de la espesa ola del vicio
o el brillo funeral de los fríos mármoles
o la desnudez angustiosa del árbol
o la inquietud sedosa del agua...

Hay en el aire un río de cristales y llamas,
un mar de voces huecas, un gemir de barbarie,
cosas y pensamientos que hieren;
hay el breve rumor del alba
y el grito de agonía de una noche, otra noche,
todas las noches del mundo
en el crispante vaho de las bocas amargas.

Se camina como entre cipreses,
bajo la larga sombra del miedo,
siempre al pie de la muerte.
Y uno no sabe nada,
porque está dicho que uno debe callar y no saber nada,
porque todo lo que se dice parecen órdenes,
ruegos, perdones, súplicas, consignas.
Uno debe ignorar la mirada de compasión,
caminar por esa selva con el paso del hombre
dueño apenas del cielo que lo ampara,
hablando el español con un temor de siglos,
triste bajo la ráfaga azul de los ojos ajenos,
enano ante las tribus espigadas,
vencido por el pavor del día y la miseria de la noche,
la hipocresía de todas las almas y, si acaso,
salvado por el ángel perverso del poema y sus alas.

Marchar hacia la condenación y el martirio,
atravesado por las espinas de la patria perdida,
ahogado por el sordo rumor de los hoteles
donde todo se pudre entre mares de whisky y de ginebra.

Marchar hacia ninguna parte, olvidado del mundo,
ciego al mármol de Juárez y su laurel escarnecido
por los pequeños y los grandes canallas;
perseguido por las tibias azaleas de Alabama,
las calientes magnolias de Mississippi,
las rosas salvajes de las praderas
y los políticos pelícanos de Louisiana,
las castas violetas de Illinois,
las bluebonnets de Texas...
y los millones de Biblias
como millones de palomas muertas.

Uno mira los árboles y la luz, y sueña
con la pureza de las cosas amadas
y la intocable bondad de las calles antiguas,
con las risas antiguas y el relámpago dorado
de la piel amorosamente dorada por un sol amoroso.
Saluda a los amigos, y los amigos
parecen la sombra de los amigos,
la sombra de la rosa y el geranio,
la desangrada sombra del laurel enlutado.

¿Qué país, qué territorio vive uno?
¿Dónde la magia del silencio, el llanto
del silencio en que todo se ama?
(¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?)
Uno se lo pregunta
y uno mismo se aleja de la misma pregunta
como de un clavo ardiendo.
Porque todo parece que arde
y todo es un montón de frías cenizas,
un hervidero de perfumados gusanos
en el andar sin danza de las jóvenes,
un sollozar por su destino
en el rostro apagado de los jóvenes,
y un juego con la tumba
en los ojos manchados del anciano.

Todo parece arder, como
una fortaleza tomada a sangre y fuego.
Huele el corazón del paisaje,
el aire huele a pensamientos muertos,
los poetas tienen el seco olor de las estatuas
—y todo arde lentamente
como en un ancho cementerio.

Todo parece morir, agonizar,
todo parece polvo mil veces pisado.
La patria es polvo y carne viva, la patria
debe ser, y no es, la patria
se la arrancan a uno del corazón
y el corazón se lo pisan sin ninguna piedad.

Entonces uno tiene que huir ante el acoso de los búfalos
que todo lo derrumban, ante la furia imperial
del becerro de oro que todo lo ha comprado
—la pequeña república, el pequeño tirano,
los ríos, la energía eléctrica y los bancos—,
y es inútil invocar el nombre de Lincoln
y es por demás volver los ojos a Juárez,
porque a los dos los ha decapitado el hacha
y no hay respeto para ninguna paz,
para ningún amor.

No se tiene respeto ni para el aire que se respira
ni para la mujer que se ama tan dulcemente,
ni siquiera para el poema que se escribe.
Pues no hay piedad para la patria,
que es polvo de oro y carne enriquecida
por la sangre sagrada del martirio.

Pues todo parece perdido, hermanos,
mientras amargamente, triunfalmente,
por la Avenida Juárez de la ciudad de México
—perdón, Mexico City—
las tribus espigadas, la barbarie en persona,
los turistas adoradores de Lo que el viento se llevó,
las millonarias neuróticas cien veces divorciadas,
los gángsters y Miss Texas,
pisotean la belleza, envilecen el arte,
se tragan la Oración de Gettysburg y los poemas de Walt Whitman,
el pasaporte de Paul Robeson y las películas de Charles Chaplin,
y lo dejan a uno tirado a media calle
con los oídos despedazados
y una arrugada postal de Chapultepec
entre los dedos.

Absoluto amor, fue su poemario primogénito se caracterizó por su lirismo amoroso, y por una subjetividad personal que lo vinculaba con la revista Taller dentro de sus circunstancias políticas y sociales. Entre los muchos premios que le otorgaron, recibió las Palmas Académicas del gobierno de Francia en 1945, en 1975 el Premio Xavier Villaurrutia, el Premio Nacional de Lingüística y Literatura en 1976.
Huerta en su poema ESTE ES UN AMOR nos muestra la cadencia, la ternura, la pureza de un amor de origen…

Éste es un amor que tuvo su origen
y en un principio no era sino un poco de miedo
y una ternura que no quería nacer y hacerse fruto.
Un amor bien nacido de ese mar de sus ojos,
un amor que tiene a su voz como ángel y bandera,
un amor que huele a aire y a nardos y a cuerpo húmedo,
un amor que no tiene remedio, ni salvación,
ni vida, ni muerte, ni siquiera una pequeña agonía.

Éste es un amor rodeado de jardines y de luces
y de la nieve de una montaña de febrero
y del ansia que uno respira bajo el crepúsculo de San Ángel
y de todo lo que no se sabe, porque nunca se sabe
por qué llega el amor y luego las manos
- esas terribles manos delgadas como el pensamiento -
se entrelazan y un suave sudor de - otra vez - miedo,
brilla como las perlas abandonadas
y sigue brillando aun cuando el beso, los besos,
los miles y millones de besos se parecen al fuego
y se parecen a la derrota y al triunfo
y a todo lo que parece poesía - y es poesía.

Ésta es la historia de un amor con oscuros y tiernos orígenes:
vino como unas alas de paloma y la paloma no tenía ojos
y nosotros nos veíamos a lo largo de los ríos
y a lo ancho de los países
y las distancias eran como inmensos océanos
y tan breves como una sonrisa sin luz
y sin embargo ella me tendía la mano y yo tocaba su piel llena de gracia
y me sumergía en sus ojos en llamas
y me moría a su lado y respiraba como un árbol despedazado
y entonces me olvidaba de mi nombre
y del maldito nombre de las cosas y de las flores
y quería gritar y gritarle al lado que la amaba
y que yo ya no tenía corazón para amarla
sino tan sólo una inquietud del tamaño del cielo
y tan pequeña como la tierra que cabe en la palma de la mano.

Y yo veía que todo estaba en sus ojos - otra vez ese mar -,
ese mal, esa peligrosa bondad,
ese crimen, ese profundo espíritu que todo lo sabe
y que ya ha adivinado que estoy con el amor hasta los hombros,
hasta el alma y hasta los mustios labios.
Ya lo saben sus ojos y ya lo sabe el espléndido metal de sus muslos,
ya lo saben las fotografías y las calles
y ya lo saben las palabras - y las palabras y las calles y las fotografías
ya saben que lo saben y que ella y yo lo sabemos
y que hemos de morirnos toda la vida para no rompernos el alma
y no llorar de amor.

El erotismo, la ironía,  el amor y el desamor por la ciudad de México, temas recurrentes en Huerta para pintar poéticamente  una decadencia, una miseria humana. Así lo muestra en su poema JUÁREZ-LORETO escrito en 1970

                                                Alabados sean los ladrones...
                                                                                         H.M.E

La del piernón bruto me rebasó por la derecha:
rozóme las regiones sagradas, me vio de arriba abajo
y se detuvo en el aire viciado: cielo sucio
de la Ruta 85, donde los ladrones
me conocen porque me roban, me pisotean
y me humillan: seguramente saben
que escribo versos: ¿Pero ella? ¿Por qué
me faulea, madruga, tumba, habita, bebe?
Tiene el pelo dorado de la madrugada
que empuña su arma y dispara sus violines.
Tiene un extraño follaje azul-morado
en unos ojos como faroles y aguardiente.
Es un jazmín angelical, maligno,
arrancado del zarzal en ruinas.
A los rateros los detesto con todo el corazón,
pero a ella, que debe llamarse Ría, Napoleona,
Bárbara o Letra Muerta o Cosa Quemada,
empiezo a amarla en la diagonal de Euler
y en la parada de Petrarca ya soy un horno
pálido de codicia, de sueños de poder,
porque como amante siempre he sido pan comido,
migaja llorona (Ay de mí, Llorona), y si ayer pasadas las diez de la noche
fui el vivo retrato de la Novena Maravilla,
ahora sólo soy la sombra de una séptima colina desyerbada.

Alabados sean los ladrones, dice Hans Magnus.
Pues que lo sean: los veo hurtar carteras, relojes, orejas,
pies, nalgas iridiscentes, bolígrafos, anteojos,
y ella, que debe llamarse Escaldada, ni se inmuta.
Vuelve al roce, al foul, al descaro,
se alisa la dorada cabellera
(¡Coño, carajo, caballero, qué cabellera de oro!),
se marea, se hegeliza, se newtoniza,
y pasamos por donde Maimónides y Hesíodo
y pone todavía más cara de estúpida
cuando Alejandro Dumas, Poe y Molière y los cines cercanos!
Malditilla, malditita, putilla camionera,
vergüenza seas para las anchas avenidas
que son Horacio, Homero y, caray (aguas, aguas), Ejército Nacional.
Rozadora, pescadora en el río revuelto
de las horas febriles; ladrona de mi mala suerte,
abyecta cómplice del «dos de bastos», hembra de los flancos
como agua endemoniada;
cachondísima hasta la parada en seco
del autobús de la Muerte.
Alabada seas, bandida de mi lerda conmiseración.
Escorpiona te llamas, Cancerita, Cangreja,
amada hasta la terminal, hasta el infinito trasero
que me despertó imbecilizado en el boulevard
¡Miguel de Cervantes Saavedra y demás clásicos!
Porque luego de tus acuciosos frotamientos
y que cada quien llegó a donde quiso llegar
(para eso estamos y vivimos en un país libre)
hube de regresar al lugar del crimen
(así llamo a mi arruinado departamento de Lope de Vega),
y pues me vine, sí, me vine lo más pronto posible
en medio de una estruendosa rechifla celestial.

Adoro tu nalga derecha, tu pantorilla izquierda,
tus muslos enteritos, lo adivinable y calientito, tus pechitos pachones
y tu indigno, antideportivo comportamiento.
Que te asalten, te roben, burlen, violen,
Nariz de Colibrí, Doncella Serpentina,
Suripantita de Oro, Cabellitos de Elote,
porque te amo y alabo desde lo alto de mi aguda marchitez.

Hoy debo dormir como un bendito
y despertar clamando en el desierto de la ciudad
donde el Juárez-Loreto que algún día compraré
me espera, como un palacio espera, adormilado,
a su viejo-príncipe-poeta
                                      soberbiamente idiota.



El dramatismo no puede pasar desapercibido en los poemas del cocodrilo, caer hasta el dolor más profundo, sentirse desolado, olvidado, abandonado, sufrir y vivir en agonía cuando todo está perdido,  encontrarnos en un laberinto sin salida, solos, en la nada, donde nada somos, donde somos nada, donde somos nadie.

CUARTO CANTO DE ABANDONO

Estoy muriendo solo de veloces venenos
mezclados con un llanto perfecto de agonía.
Estoy con las heridas claras del abandono
y el repetido canto burlón de la ceniza.
Estoy bañado en tristes, crueles desesperanzas,
cual brillo desmayado de virtud en derrota.
Estoy con una mano señalando la aurora
y el corazón cansado de su tímida sangre.
Estoy como gritando por el frío y la pena,
siendo nomás un leve pétalo de violeta.
Estoy nadando en brumas, crucificado en la
deshecha adolescencia que viví sin saberlo.
Estoy en lo que dicen las ventanas abiertas:
palabras, desconsuelo, doméstica lujuria.

Estoy cargado de odio y bien encarcelado
por aniquilamientos, abandonos y noches.
Estoy, secos los labios, interrogando a nadie
por mi destino idéntico a bandera raída.
Estoy sólidamente pegado a la tristeza
y en trance melancólico de no poder llorar
por tu ausencia de estrella, maravillosa mía,
por tu voz infinita como sudor que brota
cuando somos campanas en desorden y besos,
por tu fina traición a las lluviosas tardes
en que comíamos uvas y redondos granizos.

Estoy muriendo solo de veloces venenos
mezclados con un llanto perfecto de agonía.
Estoy chorreando lenta, penosísima angustia,
como ahogado que mide el espesor del mar.

Estoy en el confuso día sin equilibrio
y caen las mariposas como perfume seco.
Estoy con ese húmedo destello de la muerte
con fuerza que es latido de párpados calientes.

Estoy sin juventud, dolido, inexplicable
como fiebre en el mármol o rosa desteñida,
con las manos abiertas a la dicha del mundo
y una quietud mortal en el alma quemada.


La decadencia humana, la barbarie, la marginación y la miseria social rodeada de un infinito amor en LA MUCHACHA EBRIA

Este lánguido caer en brazos de una desconocida,
esta brutal tarea de pisotear mariposas y sombras y cadáveres;
este pensarse árbol, botella o chorro de alcohol,
huella de pie dormido, navaja verde o negra;
este instante durísimo en que una muchacha grita,
gesticula y sueña por una virtud que nunca fue la suya.

Todo esto no es sino la noche,
sino la noche grávida de sangre y leche
de niños que se asfixian,
de mujeres carbonizadas
y varones morenos de soledad
y misterioso, sofocante desgaste.

Sino la noche de la muchacha ebria
cuyos gritos de rabia y melancolía
me hirieron como el llanto purísimo
como las náuseas y el rencor,
como el abandono y la voz de las mendigas.

Lo triste es este llanto, amigos, hecho de vidrio molido
y fúnebres gardenias despedazadas en el umbral de las cantinas
llanto y sudor molidos, en que hombres desnudos, con sólo negra barba
y feas manos de miel se bañan sin angustia, sin tristeza:
llanto ebrio, lágrimas de claveles, de tabernas enmohecidas,
de la muchacha que se embriaga sin tedio ni pesadumbre,
de la muchacha que una noche
y era una santa noche me entregara su corazón derretido,
sus manos de agua caliente, césped, seda,
sus pensamientos tan parecidos a pájaros muertos,
sus torpes arrebatos de ternura,
su boca que sabía a taza mordida por dientes de borrachos,
su pecho suave como una mejilla con fiebre,
y sus brazos y piernas con tatuajes,
y su naciente tuberculosis,
y su dormido sexo de orquídea martirizada.

Ah, la muchacha ebria, la muchacha del sonreír estúpido
y la generosidad en la punta de los dedos,
la muchacha de la confiada, inefable ternura para un hombre,
como yo, escapado apenas de la violencia amorosa.

Este tierno recuerdo siempre será una lámpara frente a mis ojos,
una fecha sangrienta y abatida.

¡Por la muchacha ebria, amigos míos!

Y no puedo dejar de mencionar  los  poemínimos que no por ser poemas pequeñitos pierden su contexto crítico a manera humorística y definitivamente no deben faltar en la lectura y el análisis del gran cocodrilo quien los define en propia letra:

 “Creo que cada poema es un mundo. Un mundo y un aparte. Un territorio cercado, al que no deben penetrar los totalmente indocumentados, los censores, los líricamente desmadrados. Un poemínimo es un mundo, sí, pero a veces advierto que he descubierto una galaxia y que los años luz no cuentan sino como referencia, muy vaga referencia, porque el poemínimo está a la vuelta de la esquina o en la siguiente parada del Metro. Un poemínimo es una mariposa loca, capturada a tiempo y a tiempo sometida al rigor de la camisa de fuerza. Y no la toques ya más, que así es la cosa. La cosa loca, lo imprevisible, lo que te cae encima o tan sólo te roza.

MANICÓMICO

Cuando
La cordura
Me aburre
        Enloquezco
La cordura
Siempre
Me
Aburre

FIRMEZA

Nadie
Dirá jamás
Que no
Cumplí
Siempre
Con mi
Beber

LA CONTRA

Nomás
Por joder
Yo voy
A resucitar
De entre
          Los
                Vivos

GEOMETRIA ELEMENTAL

Casi toda
La vida
Me la pasé
Deleitosamente
Encurvado
       Ahora
      Comienzo
      A
      Encorvarme

CHE

En
La
Calle
Deben
Pasar
Cosas
Extraordinarias

Por
Ejemplo
La

    REVOLUCIÓN

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