sábado, julio 09, 2016

Alfonso Michel Por: Lorena Vera Verján





Significativo pintor colimense, nace en 1897. En su obra predomina la técnica del óleo sobre tela, sus pintorescos cuadros nos marcan un estilo propio de la época, la influencia de grandes pintores de finales del siglo XIX y mediados del XX, como el italiano Giorgio de Chirico, los franceses Georges Braque, Paul Cézanne y Henri Matisse, y el español Pablo Picasso, se deja ver en la obra pictórica de este creador.

Alfonso Michel estudió en Europa en los años 20’s, fue contemporáneo de Agustín Lazo; otro importante pintor mexicano, quién compartió un lapso de su vida en Montparnesse.

En la ciudad de México, intercambió sus ideas y amistad con Juan Soriano; llamado este el “infante terrible” por su visión crítica. Con Ricardo Martínez; otro icono de la pintura mexicana de los años 60’s, así también con Jesús Guerrero Galván; excelente pintor jalisciense, quien se integró al grupo “Banderas de provincia” conformado por pintores, escritores y poetas, tales como Raúl Anguiano, Agustín Yáñez y José Guadalupe Zuno. Jesús Reyes Ferreira pintor guadalajareño contemporáneo de Alfonso Michel y entre otros importantes como el escultor Oliverio G. Martínez quién transmitió en sus obras el México post-revolucionario.




En 1991 el Museo de Arte Moderno de la ciudad de México presentó una exposición como homenaje patrocinado por el mexicano Andrés Blaisten gran coleccionista de obra de arte, egresado de la UNAM. Su colección cumple con una totalidad de 650 piezas aproximadamente que comprende desde finales del siglo XIX y mediados del XX.

Alfonso Michel un pintor llamado de contracorriente por pertenecer al tiempo del muralismo y la escuela mexicana de entre los años 30’s y 50’s único en su estilo con influencia de los grandes cubistas, sus pinturas son relevantes por su técnica pictórica que revela un impresionismo en el sentido de la visión y la percepción, es decir; del cómo se pinta, aunque sus temas son recurrentes y aparentemente figurativos, el cubismo se despliega en algunas de sus obras; mientas que elementos surrealistas aparecen como fondos en muestras figurativas, este pintor nos translitera a otros aspectos propios de la imagen y la percepción, la pintura de Michel nos deleita en algo más personal, más enigmático, y sugerente, las formas traslúcidas nos dan otro sentir dentro del objeto o personaje central de su obra, el rumbo en que expresa la naturaleza es imprescindible, el mar siempre presente ante la sustancia tierra, la vida constante, una consecuencia en el sentir por la vibración del mar, parte de la infancia, un recuerdo entre palmeras, Colima su tierra natal.

La sensualidad ejerce una luminosidad sutil, que continuamente irradia en la naturaleza de la mujer, mujeres sentadas, sirenas, llorosas, desnudas, indígenas, mestizas, que transmiten la pasión y el deseo de un mundo entre el mar y la tierra que sólo Alfonso Michel conocía.



La ventana elemento continuo que predomina en las obras de este pintor, el mar, el dolor, la mujer, las despedidas, los colores subyugantes, densos, y cálidos a la vez.

Entre sus obras destacan: Cristales, 1956. Naturaleza muerta, 1955. El tejocote de luto, Vaso con pera, y Naturaleza muerte de 1954. La mujer de lata, Marineros, Mangos, As de trébol, La red, Hilos, Desnudo rosa con abanico, y Nocturno de 1953. Muchacho alegre, 1952. Cosas quietas, 1950. Agonía (la muerte del circo), 1949. Desnudo, 1948. En el balcón, 1947. Carrusel, La Sibila, El eco del mar, Tres mujeres, La novia, La feria, y Adolescencia de 1945. El adiós, 1944. Y La carta, 1936.

Los tonos pastosos se equilibran entre blancos y ocres que resaltan la obra dando un impulso de interés al elemento principal, Alfonso Michel, nos llena el recuerdo de las hazañas de la ciudad pequeña, los circos, la diversión, pero también la quietud, la desesperanza, lo sorprendente se queda quieto; estático y se transforma en lo sugestivo, lo exótico, lo único, la raíz de una identidad que persevera en la infancia.

La influencia del cubismo sintético y la corriente metafísica de los pintores europeos; se visualiza en algunas de sus obras como la mujer de lata, la sirena varada, que expresan la agonía, el sufrimiento. Las pinturas contrastantes por su color, manifiestan más la inercia, y la desolación. El juego entre la vida y la muerte que se sabe ante el objeto inanimado se despliega constantemente en sus obras. El contexto mexicano, continua en su expresión, manifestando; altares de muertos, retratos de indígenas que hablan de una identidad constante, floreros, fruteros, cráneos y calaveras con una evocación que nos lleva a la representación de la vida a través de la muerte.

Con su obra; la red, nos muestra lo intenso, desde el carácter, el sentimiento, lo fatal, la desdicha, hasta; la desolación.

Alfonso Michel, un pintor entre el recuerdo de las palmeras. Muere en 1957.

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sábado, enero 03, 2015

La Crónica Literaria en Elena Poniatowska Por: Lorena Vera Verján

Elena Poniatowska

La gran Ponia, Elenita, Elena Poniatowska, “La Princesa Roja” o como mejor merece Hélène Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska Amor de origen francés y nacionalizada mexicana es actualmente una de las grandes crónistas de la ciudad de México. Su obra literaria ha dado polémica internacional, y ha sido criticada y valorada en sus diferentes tiempos y procesos escriturales. Merecedora de treinta premios por su labor literaria y periodística.
Poniatowska inició su carrera periodística a los 21 años sus publicaciones eran crónicas sociales sobre pobreza y marginados. Su primera novela Lilus Kikus y en 1965 publicó la novela Hasta no verte Jesús mío lo que le otorgó el premio Mazatlán de literatura.
Después de los acontecimientos de 1968 publica La Noche de Tlatelolco una de sus crónicas testimoniales más importantes y a la que le otorgaron el premio Xavier Villaurrutia en 1971 el cual rechazó y en 1979 el premio nacional de periodismo.
La noche de Tlatelolco es la crónica sobre el acontecimiento del 2 de octubre de 1968, uno de los sucesos más impactante e indignantes que ha sufrido México bajo el gobierno de Echeverría y la presidencia de Díaz Ordaz.
La crónica literaria de Elena Poniatowska radica en los testimonios en el caso de Tlatelolco, la matanza de los estudiantes el 2 de octubre de 1968. México y la masacre estudiantil, las olimpiadas y el manejo corrupto del gobierno. Una narrativa documental donde se escuchan las voces que protestan, el dolor y la impotencia. La crónica en este libro subraya la estulticia de manera profunda cubriendo un testimonio colectivo en el cual estudiantes, obreros, padres, profesores, soldados y empleados ofrecen su visión acerca de lo ocurrido en la llamada “Noche de Tlatelolco”.
Dentro de esta crónica pertenece el poema de Rosario Castellanos, MEMORIAL DE TLATELOLCO escrito en especial para este libro

La oscuridad engendra la violencia
y la violencia pide oscuridad
para cuajar el crimen.
Por eso el dos de octubre aguardó hasta la noche
Para que nadie viera la mano que empuñaba
El arma, sino sólo su efecto de relámpago.

¿Y a esa luz, breve y lívida, quién? ¿Quién es el que mata?
¿Quiénes los que agonizan, los que mueren?
¿Los que huyen sin zapatos?
¿Los que van a caer al pozo de una cárcel?
¿Los que se pudren en el hospital?
¿Los que se quedan mudos, para siempre, de espanto?


¿Quién? ¿Quiénes? Nadie. Al día siguiente, nadie.
La plaza amaneció barrida; los periódicos
dieron como noticia principal
el estado del tiempo.
Y en la televisión, en el radio, en el cine
no hubo ningún cambio de programa,
ningún anuncio intercalado ni un
minuto de silencio en el banquete.
(Pues prosiguió el banquete.)

No busques lo que no hay: huellas, cadáveres
que todo se le ha dado como ofrenda a una diosa,
a la Devoradora de Excrementos.

No hurgues en los archivos pues nada consta en actas.
Mas he aquí que toco una llaga: es mi memoria.
Duele, luego es verdad. Sangre con sangre
y si la llamo mía traiciono a todos.

Recuerdo, recordamos.
Ésta es nuestra manera de ayudar a que amanezca
sobre tantas conciencias mancilladas,
sobre un texto iracundo sobre una reja abierta,
sobre el rostro amparado tras la máscara.
Recuerdo, recordamos
hasta que la justicia se siente entre nosotros.

Una crónica poética como recopilación del documento, así también otros poemas de José Emilio Pacheco, José Carlos Becerra, Juan Bañuelos y Eduardo Santos, que dejan sus voces de protesta mediante el verso.
La noche de Tlatelolco que aunque su género se manifiesta dentro de la crónica testimonial, es un documento que aprisiona mediante una ardua investigación y recopilación de textos, cartas, entrevistas, fotografías los hechos contundentes de 1968. Su visión rescata textualmente el pensamiento, la ideología y la cultura de un México políticamente decadente.
Poniatowska recopila el pensamiento de los manifestantes escritos en sus mantas bajo la protesta así como los coros de la manifestación lo que hace ser de este libro una crónica cruda y directa:
“¡Pueblo, no nos abandones – únete pueblo!”

“Soldado no dispares, tú también eres pueblo”.

“Nada con la fuerza, todo con la razón”.

O los coros con canciones donde satirizan al presidente Gustavo Díaz Ordaz

Di por qué, dime Gustavo
di por qué, eres cobarde,
di por qué no tienes madre.
Dime Gustavo, por qué

“Obrero, destruye tu sindicato charro”.


“Pueblo Mexicano: Puedes ver que no somos unos vándalos ni unos rebeldes sin causa, como se nos ha tachado con extraordinaria frecuencia. Puedes darte cuenta de nuestro silencio”.

“Libros sí, granaderos no”.

“'Estos son los agitadores: Ignorancia, Hambre y Miseria”.

O la crónica testimonial dentro de una técnica dialogal que es una muestra en este diálogo entre Elena Poniatowska y su hermano Jan Poniatowski en ese tiempo,  él;  estudiante de la preparatoria Antonio Caso.

—¿Por qué llegaste tan tarde anteanoche?
—Porque hicimos una pinta.
—¿En dónde pintaron?
—En el Palacio...
—¿En el Palacio de Hierro?
—No, allí no.
—Entonces, ¿en cuál palacio?
—En Palacio.
—¿En Palacio Nacional?
—Sí.
—¡Por Dios!, ¡están locos de remate! ¡Los pueden matar!
¿Qué les pasa? Están totalmente virolos...
—Somos inmortales... Además todo lo tenemos rebién estudiado,
la hora, quién echa aguas, el coche andando, la cantidad
de pintura, tú olvídate mi vieja que pa'pintas, somos expertazos.
—Ay, no es cierto, no te creo. Pero, ¿quién les dijo que hicieran
eso?
—Por ai, por ai...
—Y anoche, ¿qué hiciste? También llegaste tardísimo...
—¡Ah!, anoche fuimos al Capri...
—¿Al Capri? ¿A qué?
—Por puntada. Es una tumba aquello, puros muertos haciendo
que se divierten, puras calacas brindando y un pinche show del
año del caldo, gachísimo... íbamos con tres cuentos y nos
pelamos Oswald, Javier y yo sin pagar la cuenta. Se lo merecen
por tarados...
—Ay Jan, se están muriendo muchachos, hay desaparecidos,
suceden cosas muy graves y tú una noche haces una pinta y a
la otra vas al Capri y te sales sin pagar. ¿Qué les pasa? De veras,
están locos...
—No mana, así es esto. ¡Son ondas que nos entran!

Otra de las crónicas testimoniales más importantes de Ponia, es Nada, Nadie las Voces del Temblor, construida bajo el suceso del terremoto del 19 de Septiembre 1985 en la ciudad de México. Poniatowska se ha preocupado por rescatar los sucesos que desestabilizaron social y políticamente al país. En esta obra crea las voces de las víctimas y la negligencia y la torpeza de un gobierno insulso e insumiso. Además bajo un contexto de miseria y deficiencia educativa y cultural. Un discurso donde la crónica deja en claro que los pobres siempre han sido presa fácil de la frágil y poco sustentada estructura gubernamental.
El lenguaje de los pobres, los arcaísmos y su contexto lingüístico nos proporcionan una imagen de la decadencia educativa y la pobreza intelectual.


Vide cómo se desató el temblor desde el estacionamiento
Z-650… Vide claritamente cómo se cayó el
edificio… Esperaban mis hijos el desayuno… Mayito,
Mario, al que encontré muerto en la delegación Cuauhtémoc…
He visto que otros encuentran entre las cenizas
una fotito, una boleta, yo ni eso, ni eso siquiera,
ni un recuerdo, nada … De tener una familia grande,
siete hijos, y luego no tener no tener ni uno…

En la crónica tanto en la noche de Tlatelolco como en nada, nadie las voces del temblor, Poniatowska maneja una discurso polifónico donde las voces testimoniales son los que narran o dialogan sobre los hechos. En cambio en Amanecer en el Zócalo la misma Ponia aparece como protagónica dentro de su propia crónica. Misma que la llevó a una crítica severa por su producción tomada de anotaciones y diarios. Esta obra narra el plantón  de  ciudadanos seguidores de AMLO de la ciudad de México en el 2006
Estas tres crónicas están conformadas con fotografías mismas que le dan a las obras una estructura más realista y efectista. Lo que hace que el lector se conmueva de manera extrema.
En El tren Pasa Primero, Elena Poniatowska relata mediante la crónica y bajo el personaje protagónico Demetrio Vallejo líder sindical de las huelgas ferroviarias en México, entre 1958 y 1959, y que fue violentamente reprimida.
La obra de  Tinísima y Leonora llevadas al contexto de la narrativa, se apoyan de manera deliberada por la crónica que maneja dentro de sus posibilidades literarias los hechos históricos y periodísticos que datan de la época logrando con ellos un realismo narrativo propio del trabajo crónista de Poniatowska Amor.
Las siete cabritas una edición del 2010 narra los relatos sin dejan a un lado la crónica de la vida de grandes mujeres o mujeres sobresalientes por su idiosincrasia femenina, su fortaleza, su dureza, su enfrentamiento con la vida y con los artistas más representantes de México. Una obra donde retoma las memorias, las entrevistas las cartas, la poesía, de Mujeres como Frida Kahlo, Nahui Olin, Pita Amor, Rosario Castellanos,  María Izquierdo, Elena Garro y Nellie Campobello.  Aquí es donde Poniatowska persevera como feminista; y marca contundentemente su afiliación de género. Así mismo con la obra de Tínisima y Leonora.
Actualmente Poniatowska con ochenta y dos años de vida, continúa como activista política y se suma a la indignación social por los hechos en la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. En este mes pasado de noviembre ha recibido nuevamente el premio de periodismo por trayectoria a lo que respondió muy cabalmente “Recibir el premio a los 41 días de la desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa apachurra el corazón. ¿A ellos quién los premió? ¿Qué les dio México? Los premios nunca les tocan a los que más los merecen, a los pobres, a los que atraviesan el día como una tarea sin más recompensa que el sueño.”
Y el análisis es que después de casi 50 años de la matanza de Tlatelolco, un premio más a la crónica documental y testimonial, pareciera un gran insulto.


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domingo, noviembre 30, 2014

EL GRAN COCODRILO POETA Y PERIODISTA; EFRAÍN HUERTA Por: Lorena Vera Verján



Efraín Huerta es uno de los escritores mexicanos más importantes del siglo XX  y de nuestro tiempo. Conmemorar sus 100 años representa una odisea en el sentido de la búsqueda inverosímil e intertextual del símbolo que encierra su palabra. Cada texto, cada verso, cada prosa tiene la virtud de extenderse a un realismo socialista que abre las pupilas, la mente, el pensamiento y hace palpitar o reír con una fuerza contundente hasta el propio corazón. Efraín originario de Silao, Guanajuato. Periodista, poeta y crítico cinematográfico que  perteneció a la generación de Taller (1938-1941) junto con sus coetáneos Octavio Paz, José Revueltas, Rafael Solana, Neftalí Beltrán y Alberto Quintero Álvarez; mismos que acuñaron dentro del movimiento neo-vanguadista un estilo llamado cocodrilismo, que convenientemente creó un escuela que Efraín Huerta define en su columna Titulada –cocodrilismo- ¿llamado a la siete? Publicada en enero de 1949 como una respuesta festiva al existencialismo que manifestaba un vacío del espíritu, mientras que el cocodrilismo planteaba todo lo contrario; una fe inquebrantable, el humor, el goce, el sentimiento sensual y el placer sexual ante el dolor social. Un contrarrestar esa realidad trágica y deprimente con la crítica humorística y amorosa.
El cocodrilo fue periodista desde 1936 y de ideología comunista. Fue colaborador asiduo de El Nacional con su “Columna del  Periquillo” en Excélsior en 1940 con el seudónimo de “El Balcón del Periquillo” así también publicó crítica cinematográfica dentro del contexto de los años 50, en su columna titulada; “Cine y anticine.” De 1975-1982 trabajó como columnista en el suplemento cultural EL GALLO ILUSTRADO de  El Día.

El Escritor y periodista del Suplemento “El Día” Enrique Ramírez Ramírez, comenta: “Efraín Huerta es uno de los grandes poetas de nuestro tiempo… un periodista de primera calidad en las ramas de la crónica, el comentario y el llamado artículo de fondo. A la prosa periodística llegó desde los años de su juventud física –que la otra la de su espíritu, no se extingue- un talento señero para ver cosas y hechos de los más diversos en sus dimensiones plenas, con mirada llena de curiosidad y una maestría temprana para transmitir,  en estilo muy propio, desgarrado y jovial, el juicio crítico, la anécdota, la denuncia y la nota lírica, que nunca faltan en sus escritos. Todo esto, poesía, ideas, experiencias, estilo, son fruto o forma, expresión o florecimiento. Lo raigal y esencial de Efraín Huerta es su naturaleza de hombre con absoluto amor a las convicciones, sueños e ideales de justicia que han dado oriente a su vida.” 
Efraín Huerta ejerció el periodismo profesional y colaboró en periódicos y revistas como: Así, Comunidad, Diario de México, Diario del Sureste, El Corno Emplumado, El Día, El Fígaro, El Heraldo de México, El Mundo Cinematográfico, El Nacional, El Popular, Esto, La Capital, Metáfora, Nivel, Novedades, Pájaro Cascabel, Revista de Bellas Artes y Revista Universidad de México.

Una de las características esenciales de la obra poética del cocodrilo es la sinuosidad, lo irónico, lo erótico, el dramatismo, la pasión, el amor y la solidaridad por su país. Los temas catalizadores sobre la injusticia, la miseria humana, el amor y el desamor por México. Su obra periodística literaria y poética de 1963 muestra el México decadente, una década de injusticias hacia grupos sociales marginados (ferrocarrileros, maestros, petroleros) Huerta maneja una poética de la negación; la nada. En 1968 Efraín Huerta guardó silencio. Porque el dolor lo dice todo; el silencio es símbolo de vergüenza. Aun así Gustavo Díaz Ordaz no se salvó de su crítica, el cocodrilo no escribió sobre la masacre, sobre el asesinato del 2 de octubre.

El poema AVENIDA JUÁREZ escrito en 1956 muestra un sentimiento decaído, triste, y es una crítica a la barbarie social, a la miseria intelectual, impuesta por el poder, por la decadencia y la deshumanización, la patria perdida, lo infrahumano y lo perverso, la nada… misma que valga la comparación de este momento histórico que vivimos,  como lo es la desaparición y el asesinato de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa. Si Efraín Huerta viviese, entonces guardaría un silencio profundo y doloroso, para después leernos en voz pausada y avergonzada su poema Avenida Juárez.

Uno pierde los días, la fuerza y el amor a la patria,
el cálido amor a la mujer cálidamente amada,
la voluntad de vivir, el sueño y el derecho a la ternura;
uno va por ahí, antorcha, paz, luminoso deseo,
deseos ocultos, lleno de locura y descubrimientos,
y uno no sabe nada, porque está dicho que uno no debe saber nada,
como si las palabras fuesen los pasos muertos del hambre
o el golpear en el oído de la espesa ola del vicio
o el brillo funeral de los fríos mármoles
o la desnudez angustiosa del árbol
o la inquietud sedosa del agua...

Hay en el aire un río de cristales y llamas,
un mar de voces huecas, un gemir de barbarie,
cosas y pensamientos que hieren;
hay el breve rumor del alba
y el grito de agonía de una noche, otra noche,
todas las noches del mundo
en el crispante vaho de las bocas amargas.

Se camina como entre cipreses,
bajo la larga sombra del miedo,
siempre al pie de la muerte.
Y uno no sabe nada,
porque está dicho que uno debe callar y no saber nada,
porque todo lo que se dice parecen órdenes,
ruegos, perdones, súplicas, consignas.
Uno debe ignorar la mirada de compasión,
caminar por esa selva con el paso del hombre
dueño apenas del cielo que lo ampara,
hablando el español con un temor de siglos,
triste bajo la ráfaga azul de los ojos ajenos,
enano ante las tribus espigadas,
vencido por el pavor del día y la miseria de la noche,
la hipocresía de todas las almas y, si acaso,
salvado por el ángel perverso del poema y sus alas.

Marchar hacia la condenación y el martirio,
atravesado por las espinas de la patria perdida,
ahogado por el sordo rumor de los hoteles
donde todo se pudre entre mares de whisky y de ginebra.

Marchar hacia ninguna parte, olvidado del mundo,
ciego al mármol de Juárez y su laurel escarnecido
por los pequeños y los grandes canallas;
perseguido por las tibias azaleas de Alabama,
las calientes magnolias de Mississippi,
las rosas salvajes de las praderas
y los políticos pelícanos de Louisiana,
las castas violetas de Illinois,
las bluebonnets de Texas...
y los millones de Biblias
como millones de palomas muertas.

Uno mira los árboles y la luz, y sueña
con la pureza de las cosas amadas
y la intocable bondad de las calles antiguas,
con las risas antiguas y el relámpago dorado
de la piel amorosamente dorada por un sol amoroso.
Saluda a los amigos, y los amigos
parecen la sombra de los amigos,
la sombra de la rosa y el geranio,
la desangrada sombra del laurel enlutado.

¿Qué país, qué territorio vive uno?
¿Dónde la magia del silencio, el llanto
del silencio en que todo se ama?
(¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?)
Uno se lo pregunta
y uno mismo se aleja de la misma pregunta
como de un clavo ardiendo.
Porque todo parece que arde
y todo es un montón de frías cenizas,
un hervidero de perfumados gusanos
en el andar sin danza de las jóvenes,
un sollozar por su destino
en el rostro apagado de los jóvenes,
y un juego con la tumba
en los ojos manchados del anciano.

Todo parece arder, como
una fortaleza tomada a sangre y fuego.
Huele el corazón del paisaje,
el aire huele a pensamientos muertos,
los poetas tienen el seco olor de las estatuas
—y todo arde lentamente
como en un ancho cementerio.

Todo parece morir, agonizar,
todo parece polvo mil veces pisado.
La patria es polvo y carne viva, la patria
debe ser, y no es, la patria
se la arrancan a uno del corazón
y el corazón se lo pisan sin ninguna piedad.

Entonces uno tiene que huir ante el acoso de los búfalos
que todo lo derrumban, ante la furia imperial
del becerro de oro que todo lo ha comprado
—la pequeña república, el pequeño tirano,
los ríos, la energía eléctrica y los bancos—,
y es inútil invocar el nombre de Lincoln
y es por demás volver los ojos a Juárez,
porque a los dos los ha decapitado el hacha
y no hay respeto para ninguna paz,
para ningún amor.

No se tiene respeto ni para el aire que se respira
ni para la mujer que se ama tan dulcemente,
ni siquiera para el poema que se escribe.
Pues no hay piedad para la patria,
que es polvo de oro y carne enriquecida
por la sangre sagrada del martirio.

Pues todo parece perdido, hermanos,
mientras amargamente, triunfalmente,
por la Avenida Juárez de la ciudad de México
—perdón, Mexico City—
las tribus espigadas, la barbarie en persona,
los turistas adoradores de Lo que el viento se llevó,
las millonarias neuróticas cien veces divorciadas,
los gángsters y Miss Texas,
pisotean la belleza, envilecen el arte,
se tragan la Oración de Gettysburg y los poemas de Walt Whitman,
el pasaporte de Paul Robeson y las películas de Charles Chaplin,
y lo dejan a uno tirado a media calle
con los oídos despedazados
y una arrugada postal de Chapultepec
entre los dedos.

Absoluto amor, fue su poemario primogénito se caracterizó por su lirismo amoroso, y por una subjetividad personal que lo vinculaba con la revista Taller dentro de sus circunstancias políticas y sociales. Entre los muchos premios que le otorgaron, recibió las Palmas Académicas del gobierno de Francia en 1945, en 1975 el Premio Xavier Villaurrutia, el Premio Nacional de Lingüística y Literatura en 1976.
Huerta en su poema ESTE ES UN AMOR nos muestra la cadencia, la ternura, la pureza de un amor de origen…

Éste es un amor que tuvo su origen
y en un principio no era sino un poco de miedo
y una ternura que no quería nacer y hacerse fruto.
Un amor bien nacido de ese mar de sus ojos,
un amor que tiene a su voz como ángel y bandera,
un amor que huele a aire y a nardos y a cuerpo húmedo,
un amor que no tiene remedio, ni salvación,
ni vida, ni muerte, ni siquiera una pequeña agonía.

Éste es un amor rodeado de jardines y de luces
y de la nieve de una montaña de febrero
y del ansia que uno respira bajo el crepúsculo de San Ángel
y de todo lo que no se sabe, porque nunca se sabe
por qué llega el amor y luego las manos
- esas terribles manos delgadas como el pensamiento -
se entrelazan y un suave sudor de - otra vez - miedo,
brilla como las perlas abandonadas
y sigue brillando aun cuando el beso, los besos,
los miles y millones de besos se parecen al fuego
y se parecen a la derrota y al triunfo
y a todo lo que parece poesía - y es poesía.

Ésta es la historia de un amor con oscuros y tiernos orígenes:
vino como unas alas de paloma y la paloma no tenía ojos
y nosotros nos veíamos a lo largo de los ríos
y a lo ancho de los países
y las distancias eran como inmensos océanos
y tan breves como una sonrisa sin luz
y sin embargo ella me tendía la mano y yo tocaba su piel llena de gracia
y me sumergía en sus ojos en llamas
y me moría a su lado y respiraba como un árbol despedazado
y entonces me olvidaba de mi nombre
y del maldito nombre de las cosas y de las flores
y quería gritar y gritarle al lado que la amaba
y que yo ya no tenía corazón para amarla
sino tan sólo una inquietud del tamaño del cielo
y tan pequeña como la tierra que cabe en la palma de la mano.

Y yo veía que todo estaba en sus ojos - otra vez ese mar -,
ese mal, esa peligrosa bondad,
ese crimen, ese profundo espíritu que todo lo sabe
y que ya ha adivinado que estoy con el amor hasta los hombros,
hasta el alma y hasta los mustios labios.
Ya lo saben sus ojos y ya lo sabe el espléndido metal de sus muslos,
ya lo saben las fotografías y las calles
y ya lo saben las palabras - y las palabras y las calles y las fotografías
ya saben que lo saben y que ella y yo lo sabemos
y que hemos de morirnos toda la vida para no rompernos el alma
y no llorar de amor.

El erotismo, la ironía,  el amor y el desamor por la ciudad de México, temas recurrentes en Huerta para pintar poéticamente  una decadencia, una miseria humana. Así lo muestra en su poema JUÁREZ-LORETO escrito en 1970

                                                Alabados sean los ladrones...
                                                                                         H.M.E

La del piernón bruto me rebasó por la derecha:
rozóme las regiones sagradas, me vio de arriba abajo
y se detuvo en el aire viciado: cielo sucio
de la Ruta 85, donde los ladrones
me conocen porque me roban, me pisotean
y me humillan: seguramente saben
que escribo versos: ¿Pero ella? ¿Por qué
me faulea, madruga, tumba, habita, bebe?
Tiene el pelo dorado de la madrugada
que empuña su arma y dispara sus violines.
Tiene un extraño follaje azul-morado
en unos ojos como faroles y aguardiente.
Es un jazmín angelical, maligno,
arrancado del zarzal en ruinas.
A los rateros los detesto con todo el corazón,
pero a ella, que debe llamarse Ría, Napoleona,
Bárbara o Letra Muerta o Cosa Quemada,
empiezo a amarla en la diagonal de Euler
y en la parada de Petrarca ya soy un horno
pálido de codicia, de sueños de poder,
porque como amante siempre he sido pan comido,
migaja llorona (Ay de mí, Llorona), y si ayer pasadas las diez de la noche
fui el vivo retrato de la Novena Maravilla,
ahora sólo soy la sombra de una séptima colina desyerbada.

Alabados sean los ladrones, dice Hans Magnus.
Pues que lo sean: los veo hurtar carteras, relojes, orejas,
pies, nalgas iridiscentes, bolígrafos, anteojos,
y ella, que debe llamarse Escaldada, ni se inmuta.
Vuelve al roce, al foul, al descaro,
se alisa la dorada cabellera
(¡Coño, carajo, caballero, qué cabellera de oro!),
se marea, se hegeliza, se newtoniza,
y pasamos por donde Maimónides y Hesíodo
y pone todavía más cara de estúpida
cuando Alejandro Dumas, Poe y Molière y los cines cercanos!
Malditilla, malditita, putilla camionera,
vergüenza seas para las anchas avenidas
que son Horacio, Homero y, caray (aguas, aguas), Ejército Nacional.
Rozadora, pescadora en el río revuelto
de las horas febriles; ladrona de mi mala suerte,
abyecta cómplice del «dos de bastos», hembra de los flancos
como agua endemoniada;
cachondísima hasta la parada en seco
del autobús de la Muerte.
Alabada seas, bandida de mi lerda conmiseración.
Escorpiona te llamas, Cancerita, Cangreja,
amada hasta la terminal, hasta el infinito trasero
que me despertó imbecilizado en el boulevard
¡Miguel de Cervantes Saavedra y demás clásicos!
Porque luego de tus acuciosos frotamientos
y que cada quien llegó a donde quiso llegar
(para eso estamos y vivimos en un país libre)
hube de regresar al lugar del crimen
(así llamo a mi arruinado departamento de Lope de Vega),
y pues me vine, sí, me vine lo más pronto posible
en medio de una estruendosa rechifla celestial.

Adoro tu nalga derecha, tu pantorilla izquierda,
tus muslos enteritos, lo adivinable y calientito, tus pechitos pachones
y tu indigno, antideportivo comportamiento.
Que te asalten, te roben, burlen, violen,
Nariz de Colibrí, Doncella Serpentina,
Suripantita de Oro, Cabellitos de Elote,
porque te amo y alabo desde lo alto de mi aguda marchitez.

Hoy debo dormir como un bendito
y despertar clamando en el desierto de la ciudad
donde el Juárez-Loreto que algún día compraré
me espera, como un palacio espera, adormilado,
a su viejo-príncipe-poeta
                                      soberbiamente idiota.



El dramatismo no puede pasar desapercibido en los poemas del cocodrilo, caer hasta el dolor más profundo, sentirse desolado, olvidado, abandonado, sufrir y vivir en agonía cuando todo está perdido,  encontrarnos en un laberinto sin salida, solos, en la nada, donde nada somos, donde somos nada, donde somos nadie.

CUARTO CANTO DE ABANDONO

Estoy muriendo solo de veloces venenos
mezclados con un llanto perfecto de agonía.
Estoy con las heridas claras del abandono
y el repetido canto burlón de la ceniza.
Estoy bañado en tristes, crueles desesperanzas,
cual brillo desmayado de virtud en derrota.
Estoy con una mano señalando la aurora
y el corazón cansado de su tímida sangre.
Estoy como gritando por el frío y la pena,
siendo nomás un leve pétalo de violeta.
Estoy nadando en brumas, crucificado en la
deshecha adolescencia que viví sin saberlo.
Estoy en lo que dicen las ventanas abiertas:
palabras, desconsuelo, doméstica lujuria.

Estoy cargado de odio y bien encarcelado
por aniquilamientos, abandonos y noches.
Estoy, secos los labios, interrogando a nadie
por mi destino idéntico a bandera raída.
Estoy sólidamente pegado a la tristeza
y en trance melancólico de no poder llorar
por tu ausencia de estrella, maravillosa mía,
por tu voz infinita como sudor que brota
cuando somos campanas en desorden y besos,
por tu fina traición a las lluviosas tardes
en que comíamos uvas y redondos granizos.

Estoy muriendo solo de veloces venenos
mezclados con un llanto perfecto de agonía.
Estoy chorreando lenta, penosísima angustia,
como ahogado que mide el espesor del mar.

Estoy en el confuso día sin equilibrio
y caen las mariposas como perfume seco.
Estoy con ese húmedo destello de la muerte
con fuerza que es latido de párpados calientes.

Estoy sin juventud, dolido, inexplicable
como fiebre en el mármol o rosa desteñida,
con las manos abiertas a la dicha del mundo
y una quietud mortal en el alma quemada.


La decadencia humana, la barbarie, la marginación y la miseria social rodeada de un infinito amor en LA MUCHACHA EBRIA

Este lánguido caer en brazos de una desconocida,
esta brutal tarea de pisotear mariposas y sombras y cadáveres;
este pensarse árbol, botella o chorro de alcohol,
huella de pie dormido, navaja verde o negra;
este instante durísimo en que una muchacha grita,
gesticula y sueña por una virtud que nunca fue la suya.

Todo esto no es sino la noche,
sino la noche grávida de sangre y leche
de niños que se asfixian,
de mujeres carbonizadas
y varones morenos de soledad
y misterioso, sofocante desgaste.

Sino la noche de la muchacha ebria
cuyos gritos de rabia y melancolía
me hirieron como el llanto purísimo
como las náuseas y el rencor,
como el abandono y la voz de las mendigas.

Lo triste es este llanto, amigos, hecho de vidrio molido
y fúnebres gardenias despedazadas en el umbral de las cantinas
llanto y sudor molidos, en que hombres desnudos, con sólo negra barba
y feas manos de miel se bañan sin angustia, sin tristeza:
llanto ebrio, lágrimas de claveles, de tabernas enmohecidas,
de la muchacha que se embriaga sin tedio ni pesadumbre,
de la muchacha que una noche
y era una santa noche me entregara su corazón derretido,
sus manos de agua caliente, césped, seda,
sus pensamientos tan parecidos a pájaros muertos,
sus torpes arrebatos de ternura,
su boca que sabía a taza mordida por dientes de borrachos,
su pecho suave como una mejilla con fiebre,
y sus brazos y piernas con tatuajes,
y su naciente tuberculosis,
y su dormido sexo de orquídea martirizada.

Ah, la muchacha ebria, la muchacha del sonreír estúpido
y la generosidad en la punta de los dedos,
la muchacha de la confiada, inefable ternura para un hombre,
como yo, escapado apenas de la violencia amorosa.

Este tierno recuerdo siempre será una lámpara frente a mis ojos,
una fecha sangrienta y abatida.

¡Por la muchacha ebria, amigos míos!

Y no puedo dejar de mencionar  los  poemínimos que no por ser poemas pequeñitos pierden su contexto crítico a manera humorística y definitivamente no deben faltar en la lectura y el análisis del gran cocodrilo quien los define en propia letra:

 “Creo que cada poema es un mundo. Un mundo y un aparte. Un territorio cercado, al que no deben penetrar los totalmente indocumentados, los censores, los líricamente desmadrados. Un poemínimo es un mundo, sí, pero a veces advierto que he descubierto una galaxia y que los años luz no cuentan sino como referencia, muy vaga referencia, porque el poemínimo está a la vuelta de la esquina o en la siguiente parada del Metro. Un poemínimo es una mariposa loca, capturada a tiempo y a tiempo sometida al rigor de la camisa de fuerza. Y no la toques ya más, que así es la cosa. La cosa loca, lo imprevisible, lo que te cae encima o tan sólo te roza.

MANICÓMICO

Cuando
La cordura
Me aburre
        Enloquezco
La cordura
Siempre
Me
Aburre

FIRMEZA

Nadie
Dirá jamás
Que no
Cumplí
Siempre
Con mi
Beber

LA CONTRA

Nomás
Por joder
Yo voy
A resucitar
De entre
          Los
                Vivos

GEOMETRIA ELEMENTAL

Casi toda
La vida
Me la pasé
Deleitosamente
Encurvado
       Ahora
      Comienzo
      A
      Encorvarme

CHE

En
La
Calle
Deben
Pasar
Cosas
Extraordinarias

Por
Ejemplo
La

    REVOLUCIÓN

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